“Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a travéz de la ventana que estaba callendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Calleron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, sofocaron a los animales que durmieron a la interperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro”
Cien años de soledad, Gabriel García Marquez, PG 166

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